El verdadero poder de los masajes: sus beneficios menos difundidos

Si bien el extendido uso de los masajes a lo largo de los siglos está plenamente acreditado, ¿qué evidencias científicas tenemos de que realmente funciona?

El masaje se considera una de las formas de tratamiento más antiguas de la humanidad. Su utilización con fines curativos fue descrita por primera vez en el siglo V a. e. c. por Hipócrates, padre de la medicina occidental, aunque existen indicios de que ya se practicaba antes.

Cuando se aplica con objetivos terapéuticos también se denomina masoterapia, y es una de las técnicas empleadas habitualmente en fisioterapia.

Su extendido uso a lo largo de los siglos y en la actualidad está, pues, plenamente acreditado, pero ¿qué evidencias científicas tenemos de que realmente funciona?

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Antes que nada hay que precisar que sus efectos, variables en función de la técnica empleada, se clasifican en directos e indirectos. Los primeros corresponden a la propia carga mecánica que ejerce la maniobra sobre los tejidos, como la compresión de la musculatura; mientras que los indirectos se asocian a cambios en el flujo sanguíneo, a la secreción de sustancias químicas o a cambios neurofisiológicos.

¿Por qué disminuye el dolor cuando nos dan un masaje?

La consecuencia más evidente y que todos hemos experimentado alguna vez al recibir uno es la disminución del dolor. Esto se debe a que el estímulo táctil y el incremento de temperatura generados por la acción masajeadora inhiben la entrada de información vinculada a la sensación de dolor o dolorosa.

Conocido como teoría de la puerta de entrada, se trata del mismo efecto que buscamos de forma natural cuando nos frotamos el codo después de golpearlo. En nuestro sistema nervioso, la información mecánica viaja más rápido que la dolorosa, lo que permite modificar la entrada de datos sensoriales en la médula espinal.

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Además, el masaje podría estimular la secreción de sustancias analgésicas (endorfinas, serotonina o encefalinas) en nuestro organismo. De todos modos, los estudios publicados sobre la liberación de dichos compuestos son escasos, ya que la evidencia más sólida se centra en la percepción del paciente.

Incremento del flujo sanguíneo

Por otro lado, también se considera que podría aumentar el flujo sanguíneo, lo que se asocia a un mejor aporte de nutrientes y facilita la eliminación de productos de desecho. Este es uno de los objetivos del masaje deportivo ejecutado después del ejercicio.

El incremento se debe a múltiples factores: al bombeo por compresión y descompresión de los tejidos, a la vasodilatación provocada por el sistema nervioso autónomo y a la liberación de sustancias químicas.

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Pero el efecto es difícil de interpretar: mientras que algún estudio sí observa que el masaje eleva la temperatura de la piel y el flujo sanguíneo local, otros, realizados mediante ecografía, no detectan cambios. Estos resultados cuestionan, por lo tanto, la eficacia de la masoterapia sobre esa variable cuando se aplica después de practicar deporte.

Para cerrar el apartado cardiovascular, una investigación publicada en 2015 en la revista Nature concluía que el masaje sí funciona para tratar la hipertensión como complemento a los medicamentos.

Efecto sobre la musculatura

A nivel científico, el masaje se considera como una de las herramientas más eficaces para reducir el dolor muscular posterior al esfuerzo físico –las conocidas agujetas– y la fatiga percibida asociada al ejercicio. Sin embargo, los cambios observados sobre los marcadores de daño muscular e inflamación son moderados. Tampoco existe evidencia directa de que mejore el rendimiento.

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El efecto relajante sobre el músculo se ha asociado a una disminución de la excitabilidad de las neuronas que lo controlan, lo cual podría romper el círculo vicioso que facilita la perpetuación del dolor. Pese a su uso extendido para facilitar la recuperación después del ejercicio, se ha observado mayor impacto sobre la percepción subjetiva de las molestias que sobre la propia estructura muscular.

En general, se asume que el masaje provoca una clara respuesta psicológica. La disminución del cortisol (hormona del estrés) sería la principal responsable del efecto relajante experimentado por muchos pacientes, aunque esos cambios no tienen por qué estar causados directamente por el masaje.

Un artículo reciente indica que la masoterapia en embarazadas podría incrementar los niveles de serotonina, ayudando reducir el estrés y ansiedad.

¿Para qué funciona realmente?

Al masaje terapéutico se le atribuyen un número elevado de propiedades, algunas de ellas muy arraigadas en la sociedad, pero los estudios científicos no arrojan resultados concluyentes sobre ninguna de ellas.

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Metafóricamente, podríamos decir que es el paracetamol de los fisioterapeutas (por sus propiedades analgésicas), mientras que la aplicación de frío, o crioterapia, sería el ibuprofeno (efecto antiinflamatorio).

Un hallazgo recurrente en las investigaciones es que el masaje disminuye el dolor a corto plazo en diferentes patologías. A largo plazo se desconoce su efectividad porque la mayoría de trabajos realizan un seguimiento inferior a 12 semanas.

Según un análisis global de la evidencia científica (que incluye 49 investigaciones), su mayor eficacia analgésica se produce en el dolor lumbar y cervical, las molestias de hombro, el dolor del parto, la artrosis, el dolor relacionado con el cáncer, el dolor posoperatorio y las agujetas.

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Y pese a estos resultados, la masoterapia se muestra inferior cuando la comparamos con tratamientos activos como el ejercicio terapéutico, que involucra la participación del paciente. Dar masajes es una terapia pasiva que resulta limitada como única estrategia.

  • Fuente: Lorenzo Antonio Justo Cousiño, Profesor de la Facultad de Fisioterapia. Fisioterapeuta, Doctor en Neurociencia, Universidade de Vigo. Artículo publicado en The Conversation.

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